Nunca me he parado a pensar cómo soy realmente, pero en cambio sí que he pensado en qué espero de la vida y qué es lo que me gusta.
La verdad, de poco me ha servido saber qué es lo que me gusta o lo que quiero cuando nunca he hecho nada para conseguirlo.
Supongo que soy ese tipo de personas que se rinden antes de llegar al campo de batalla.
He pasado todos estos años pensando en qué es lo que los demás esperan de mí y ahora me pregunto si en algún momento de mi vida habré tenido tiempo para forjar mi propia personalidad.
Es como si llevase varios meses construyendo una gran torre con una baraja de cartas y con la más leve brisa se viniese abajo.
Quedo reducida a escombros cuando espero que algo me salga bien y sucede lo contrario, entonces hago balance y me doy cuenta de que en cosas anteriores también he errado.
Soy una persona a la que le gusta pensar mucho las cosas importantes y sin embargo ¿para qué pensar tanto cuando siempre elijo la opción errónea? Supongo que ahorraría mucho tiempo de rompeduras de cabeza si no las pensara, aunque no creo que sea un buen procedimiento.
Hoy siento que he perdido de nuevo la partida. Esta vez me duele más que otras, en esta ocasión le había puesto empeño y lo deseaba con fuerza pero ahora me siento como al principio cuando ni siquiera sabía cómo afrontar esta situación.
Estoy flotando en el vacío con la incertidumbre de no saber cuándo ni dónde voy a caer. Y cuando caiga, ¿quién va a estar allí para recoger los pedacitos de un alma perdida y sin fuerzas para continuar?
Otra vez nubla mi sonrisa y entristece mis ojos ese gris que se propaga como la más rápida y dañina de las plagas. Ese gris que nunca fui capaz de vencer y con el que tendré que acostumbrarme a vivir.
M.G.R


